martes, 30 de octubre de 2018

PRETENDO SER EL TATARANIETO SEGUNDO DE ALGÚN VECINO DE BORGES

Mostrando Pretendo ser el tatara...

Estuve pensando seriamente las palabras que debería utilizar para parecer un gran escritor. ¿Cuáles son esas definiciones que me harían pasar por culto y de esta manera evitar que la gente descubra que en realidad soy un pelotudo?

A todos nos ha pasado de leer libros que invitan a agarrar un diccionario para poder entenderlos. Obviamente no reniego de eso, ayudan a culturizar, pero confieso que me niego un poco a perder esa escuela que me enseñó "el coso que va dentro del cosito y te hace sentir cosas que ningún otro coso te hizo sentir antes".

Tengo redes sociales y también un blog -no sé si este último cataloga de red social- donde publico frases y cuentos, y la realidad es que no me considero un escritor. Solo tengo ideas que me gusta plasmar en letras de la manera que salgan, bien o mal.

Supongo que muchos ya me descubrieron, pero puedo ver qué otros aún no y siguen leyendo mis farsas.
Por lo tanto, para seguirlos engañando, enumeré una serie de palabras que me parecen vitales para poder aparentar y pretender ser el tataranieto segundo de un vecino de Borges. Esto lo realizaré a riesgo de nombrar ciertas palabras que al lector le resulten tan obvias que me dejen a mí en un papel de bruto, líder de algún club de fans de la ignorancia.

Ahí va el listado:
- Efímero, la mayoría sabe que significa pero de chico al escuchar los redondos me parecía una palabra difícil.
- Hastío, esta palabra me suena a iglesia, no se porque.
- Lienzo, pero 'Lienzo" cuando se usa metafóricamente, como "Esa noche dibuje besos sobre el lienzo de tu piel" (guau alto escritor).
- La palabra Converger, que la podría escuchar tranquilamente como una marca de desinfectante.
- Anaqueles, esta me suena a dentadura, "me duele el que está entre el colmillo y el premolar, el anaquel."
- Bienquisto, que debe ser un quiste que no es maligno.
- Engullir, situado en alguna ciudad de Francia, en Gullir.
- Morigerado, esta la usaría como un insulto, "¡concha tu madre morigerado del orto!".
- Gregario, ideal para apellido de algún vecino viejo, "Don Gregario"
- Mi palabra favorita, Rocambolesco. La decís en un evento y quedas tan nerd que podés excitar a Paenza.
- Execrable, conversación catalana "ese cable, ¿Cuál? ¡Exe!"
- Y por último Eximio, que por lo que averigüe no se refiere a alguien que antes era un mono.

Basta, suficientes términos por hoy, podría seguir con muchas tantas otras palabras pero no quiero aburrir. Ahora, el objetivo sería escribir una historia aplicando estas palabras para recibirme finalmente de un escritor culto y dificultoso.

Pero la realidad, es que seguramente fracase en el intento y siga siendo el mismo escritor mediocre que estás leyendo, este escritor que roba palabras del diccionario y se burla de su fonética.

Sin embargo, aunque no pretendo salir impoluto de estas confesiones de pecador culposo, prefiero anteponer la valentía por delante de los términos y seguir escribiendo aunque a muchos no les interese, escribiré por gusto, por disfrute y por descaro.

Hay que animarse, si no nos animamos quedamos siempre en la puerta del placer, con ganas de entrar pero creyendo que esa casa no nos pertenece. Yo tampoco sé si este es mi hogar, pero estoy convencido que siempre hay un sillón en el living de nuestro amor que nos hará un lugarcito para tomar mate amargo con biscochitos.

@Cuento_Veloz

lunes, 22 de octubre de 2018

La caída de Goliat desde una azotea de Madrid




Estábamos en la azotea del edificio del círculo de Bellas Artes, en Madrid -digo "azotea" para situarnos en España, en Bernal Oeste le decimos "terraza"- teníamos la ciudad a nuestros pies y el sol como amo y sirviente se reposaba por detrás del edificio Metrópolis en un atardecer sin disfraces.

Nos creíamos inmensos, o al menos yo lo creía, mirábamos el atardecer a la altura de la estrella madre, como siendo partes del cielo y con ganas de convertir una nube en un sillón donde tomar cerveza acompañada de jamón ibérico. Nos sentíamos poderosos, o al menos yo lo sentía, en la cima del mundo, y Madrid entero comenzaba a iluminarse, preparándose para vivir la noche sin saber que nosotros éramos sus nuevos dueños.

Entre la gente que sacaba fotos y tomaba tragos caros, nos miramos y nos drogamos con un momento adictivo de grandeza, observamos a nuestro alrededor una ciudad caótica que nos recordó a Avenida Corrientes y sin pactarlo decidimos callar por algunos minutos, solo para admirar el momento y el paisaje de cemento herrado.  

Recuerdo que me miraste y abrazándome dijiste;
-Que lindo sería volar, iría aún más arriba para poder observar España entera o incluso toda Europa.
-No sé, yo ahora ya me siento gigante.- te respondí
- No no, no es para sentirse gigante, es para poder dar cuenta de lo chiquitos que somos.     

Siempre tus palabras son más sabías que las mías, y seguiste.
- ¿No te das cuenta? Mirá allá abajo, estamos en un piso 11 y no llegamos a distinguir la cara de la gente que cruza ese semáforo, no sabemos si las bolsas que llevan son de un local de ropa o de zapatos, no llego a ver si van sonriendo o están enojados. Sabés que no veo muy bien pero sí puedo distinguir dimensiones. Y esto no es sentirse grande, esto es darse cuenta desde un piso 11 que no somos nada, que si aparece un gigante de verdad puede pisarnos como hormigas.

Yo me quedé en silencio, me sentía un imbécil, un arrogante. Está bien, nosotros no éramos gigantes pero tus palabras sí, y mi circunstancia de estar con vos también.
Bajamos y ya era de noche, cruzamos la Avenida Gran Vía y frenaste a mitad de vereda mientras la marea de gente nos esquivaba.
-Mirá- me dijiste y señalaste hacia arriba- recién estábamos allá, decime si ahora te sentís gigante.  
                                               @Cuento_Veloz


jueves, 18 de octubre de 2018

EL SECRETO DE INDIO, EL GATO QUE TODOS CREEN LOCO


Llegué después de las 20 horas y apenas crucé la puerta estaba ahí como siempre, parado sobre la mesa ratona del living esperándome con su pelo negro y blanco brillando en remolinos y su manchita particular en la nariz. Me miró y maulló como reclamante, como diciendo ' hoy tardaste mucho'. El otro gato rubio casi nunca viene a recibirme, es que mucho no me quiere, pero con Indio tenemos una conexión especial.    

Lo saludé como todos los días y al agacharme hacia él sentí que quería abrazarme, que necesitaba un amigo en quien descargar inquietudes o tristezas. Entendí que tuvo un mal día, que quizás necesitaba relajar, que me esperaba para charlar, para refregarse y llenar de pelos mi pantalón color negro aburrido. Porque por más de que tenga hogar, cariño y comida de pelotitas balanceadas, indio puede tener días malos.

Los gatos son independientes -dicen- pero  Indio no, él reclama amor constantemente y se enoja si no lo recibe. Todas las noches, entre las 4 y las 5 de la madrugada, comienza a llorar, mientras se trepa a los muebles y comienza a tirar de a uno todos los suvenires y recuerdos de cerámica que encuentra a su paso, busca de esta manera que la flaca y yo nos despertemos para darle su dosis de caricias nocturnas o lo invitemos a la cama para dormir pegado a nosotros, abrazándonos con su patita peluda como si fuera un humano que cucharea a su acompañante.  

Suele ponerse nervioso y en un descuido te puede arañar escapando con mirada de enojo pero sin odio, como diciendo 'no me toques más pero tampoco me hagas caso'. O quizás en medio de caricias te toma por sorpresa y te muerde, muerde fuerte, lastimando con sus colmillos filosos faltos de lauchas de pastizal.
Al ver mis brazos con esas marcas felinas, nuestros amigos dicen que es un gato malo, un gato loco. Pero yo no me canso de repetirles que no lo entienden, no comprenden la histeria que le agarra entre el disfrute de las caricias y las ganas de rasgarte y comerte mientras lo acaricias, es algo que su instinto no puede manejar, algo que estoy convencidísimo que él no quiere hacer pero no puede evitarlo.

Mi día tampoco había sido bueno pero el de Indio parecía haber sido peor. Lo vi diferente, desesperado como si fueran las 4 de la madrugada y el horario de mimos estuviera latente.  Siguió maullando y entendí sus reclamos, se quejaba porque dejé cerrado el ventanal del balcón, 'miau, no pude salir a tomar aire en todo el día'. También estaba enojado porque mi mujer cerró la puerta del baño, 'miau miau, sabes que me gusta tomar agua de la gotera de la bañera'. Y además había quedado la cama deshecha, 'miau miau miau, no logro descansar bien si no dejo todos mis cabellos sobre el acolchado nuevo'. Al parecer, todos esos problemas le generaron un estrés gatuno que necesitaba ser calmado con la mano de un amigo acariciando su barbilla.

Entre quejas y exigencias descubrí que Indio necesitaba contarme algo, algo que no podía seguir manteniendo en silencio. Me senté en el sillón y se recostó en mi regazo, puse mi mano sobre su lomo y me miró a los ojos, 'miau, estoy enojado con vos pero igual me hacés bien' me dijo. En ese momento lo sentí más amigo que nunca y menos animal que cualquier otro gato.        

Y siguió comunicándose, entre maullidos y movimientos de cola logré entender el secreto que Indio quería compartirme, un secreto que solo yo podía saber.      

Me contó con detalle, con suspenso y con un deseo de contención, que él no es un gato malo, que no está nada nada loco, que él en realidad, es una reencarnación.        
Mis ojos se pusieron como huevo duro ante la tremenda revelación. Y siguió con los detalles, contó que era la reencarnación de un hombre que murió años atrás y que aún hoy recuerda su vida anterior, que él fue persona y hoy se siente atrapado en un cuerpo de gato.       

Un gato que para sobrellevar mejor esta nueva vida y este nuevo cuerpo, encontró en mí un refugio, un cómplice, porque al mirarme fijo, me dijo que logra ver en mis ojos un reflejo de sí mismo.  Me afirmó que detecta más que nadie cuando tengo un día malo, que sabe cuánto me gustaría reclamar amor tirando todo por el piso al igual que lo hace él y que comprende mis nervios ante el cariño.  

Sabe más que nadie que deseo morder y comerme desaforadamente a quien más quiero para llamar su atención y decirle 'te muerdo porque te quiero tanto que te necesito dentro mío', que también necesito tomar aire en el balcón e hidratarme con agua de goteras, y que sin dudas necesito descansar con mis sábanas estiradas para soñar los recuerdos de mi vida anterior, esa vida donde yo era un gato y solo buscaba refregarme en el pantalón aburrido de mi amigo humano para transmitirle paz, y decirle, 'miau, mi día también fue una mierda, acariciame y yo te ronroneo, vas a ver qué te sentís mejor'.       

                                                                                     @Cuento_Veloz

lunes, 8 de octubre de 2018

EL VIEJO HIJO DE PUTA DE LA SORTIJA


Últimamente me quiero bajar, ya no me divierte esta calesita, vengo dando vueltas hace años y estoy cansado.  Desde un principio elegí el caballito pensando que quizás de esta manera me divertiría siempre, porque a medida que va en círculo también sube y baja, y además me gusta imaginar que relincha fuerte opacando a la Ferrari que tenemos al lado y haciéndose notar más que el avioncito que va delante.     

Cumplo el mismo horario todos los días, llego a la plaza, vengo hasta el centro, espero que el viejo Emilio prepare todo, y cuando comienza a sonar esa canción de mierda que ya la canto de memoria subo rápido a mi caballito, me agarro del caño gris y oxidado que le atraviesa el pecho quitandole la vida, y arranco la jornada. De lunes a viernes cumplo con la rutina de dar vueltas sobre el mismo eje.    

Soy consciente de que yo busqué esta calesita, quise subirme, creía que era lo mejor para mí, qué me iba a hacer grande, que era lo correcto. Todos lo hacían, entonces yo tenía que hacerlo e intentar ser mejor que Juancito que después de varios años logró llegar al león que de tan inmenso asusta, impone el respeto de Rey de la selva con esa expresión de rugidez siempre dura en su cara plástica. 

Mi caballito cada día se despinta más y yo lo acaricio para mimarlo, veo como pierde la lucidez de sus dientes, como el sol opacó el blanco de su pelo de arcilla y su cola resquebrajada pide ser tuneada para volver a creer.     

Cada tanto el viejo me deja agarrar la sortija y mi esperanza vuelve, mi emoción se despierta y siento que llegué a esta calesita para vivir ese momento.        
Pero hace poco descubrí que Emilio es un viejo hijo de puta, que cuando me ve con intención de bajarme me acerca un poco más la sortija y yo muerdo el anzuelo, agarro la argolla y río con esa risa de victorioso, creyendo que gané, que cagué al viejo. Entendí que cada vez que atrapo la sortija, es porque él quiere que la atrapé, necesita tenerme ahí, agarrado con la ilusión de una vuelta más, de seguir tieso en mi caballito porque es lo que merezco, porque es lo mejor para mí y para mi familia. 

Seguir en mi caballo es mi destino, bah hay aclarar algo, yo le digo caballo por costumbre, pero hace más o menos un año atrás, mientras me acomodaba para iniciar la primera vuelta, descubrí que en los costados algo me raspaba y di cuenta de que al caballito le faltaban partes. Le pregunté con insistencia a Emilio que había ocurrido ¿Qué le faltaba a ese lomo? Primero no me quiso contar hasta que un día desembuchó, me comentó que lo que faltaban eran las alas, que hace años el anterior niño que usaba ese asiento en un día de furia se enojó y se las arrancó escapando entre los árboles de la plaza, nunca más lo vieron y nunca más supieron de él. Así me enteré que mi caballito en realidad era un Pegaso que en una vuelta de bronca le habían arrancado las alas. 

Un Pegaso necesita volar e iluminar, ¿Qué hace acá? Sin alas y destinado a subir y bajar dando vueltas en sí mismo, con los mismos compañeros y el mismo viejo hijo de puta que lo explota cómo un engranaje más de esa absurda calesita, simulando entre todos la perfección, lo colorido de la vida y sin poder tocar el pasto ni sentir el viento en la cara. Quiero darle vida, ser el científico loco que despierta cual Frankenstein a un caballo de plástico que supo ser Pegaso e ir a buscar sus alas para volver a volar. Y golpear al viejo para quitarle la sortija riéndome en una victoria que no tiene fin, salir galopando entre los edificios, tomar impulso y volar, yo y mi Pegaso sintiéndonos vivos los dos, y libres.       
                                                                  @Cuento_Veloz


miércoles, 19 de septiembre de 2018

EL CHIRIMBOLO TELE TRANSPORTADOR

Fue en el invierno del 2008, el año anterior había comprado el chirimbolo ese que estaba de moda, ese que tiene un botón que cuando lo presionás te teletransporta automáticamente a tu casa.
Estaba buenísimo, salía del laburo, apretaba el cosito y ¡plaff!, como un cachetazo aparecía en el sillón de mi hogar. Terminaba una cena familiar, saludaba, metía la mano en el bolsillo en busca de mi artefacto, ponía el pulgar sobre el botón y listo, instantáneamente en mi casa. O quizás disfrutaba de unas cervezas con amigos, despreocupado por no tener que conducir ningún auto, saboreaba mi último trago, me despedía y una vez más, el chirimbolo me tele transportaba a mi hogar.
Era genial. En ese momento no muchos lo tenían, me había costado caro pero valía la pena, me ahorraba el cansancio de volver, no sufría el viaje, no vivía el estrés de un transporte público o del tráfico de la ciudad.

Estuve así un año entero, hasta que ese invierno salía de trabajar, estaba realmente agotado y desesperado por llegar a mi casa para descansar, busqué en mi bolsillo el chirimbolo tele transportador, lo saqué y sin percatarme, un ladrón con una velocidad estrepitosa me lo arrebató de las manos y empezó a correr. Lo perseguí pero en tan solo media cuadra me cansé, claro, en el último año mis piernas casi no se habían ejercitado. Frené y me apoyé sobre mis rodillas buscando a bocanadas recuperar el aire perdido.

Traté de tranquilizarme y ahí comenzó el verdadero problema, no recordaba cómo llegar a mi hogar. Lo había olvidado por completo, las contraindicaciones del manual de uso me lo habían advertido, pero nunca creí que tal cosa me fuera a pasar a mí.
Empecé a caminar y no sabía donde dirigirme, pasé por lugares que me resultaban familiares pero no sabía dónde estaba, caminé muchas cuadras a la nada, hasta que en una esquina, un vendedor de diarios me saludó como si me conociera de años. En principio fue un alivio inmenso, pero he aquí otro problema, yo... no lo recordaba.
-¿Qué hacés por acá Rober, tanto tiempo?- Me dijo con una sorpresa de alegre reencuentro.
Lo miré fijo y no sabía quién era, pero de manera extraña y  automática vino a mi cabeza el nombre José.
- ¡Hola José! Me acaban de robar el chirimbolo teletransportador y no recuerdo dónde vivo, me podrás indicar el camino a mi casa, por favor?-
Me miró fijo, pensó un momento y respondió;
- Es que no sé donde vivís, hasta hace un año pasabas por acá, comprabas el diario del sol y te ibas –

Mis esperanzas volvieron a cero. Decidí retroceder pensando en volver a la oficina para preguntar a algún compañero sobre el camino a casa o quizás buscar mi dirección en los registros laborales. Pero he aquí, un nuevo problema, retrocedí una cuadra y no supe cómo regresar, había andado tanto que tampoco sabía que calles me llevaban de vuelta a mi trabajo.
¿Qué hago?, Pensé. Me golpeaba la cabeza para intentar recordar y ninguna pista arribaba a mi cerebro, era como si alguien hubiera formateado en mi mente esa carpeta que contenía los mapas y hubiera eliminado todos los archivos. No podía ser posible que por un año de comodidad haya olvidado mi camino.
A las dos horas de deambular me detuve frente a un bar y noté que la gente me miraba raro, habrán notado que estaba perdido. Me senté a esperar, pedí un café pensando que en cualquier momento algún conocido debía pasar y me llevaría a casa o me mostraría el camino y me recordaría que nunca más use el chirimbolo. O quizás llegue la policía porque mi familia denunció mi desaparición y me encuentren ahí, tomando una merienda, llegarían y me dirían, -no podemos perder el tiempo con idiotas que no recuerdan su camino a casa, esos cosos transportadores nos están trayendo muchos problemas-.  
Esperé por horas, los conocidos no aparecieron y la policía tampoco, hasta que se hizo de noche y me echaron del bar. Iban a cerrar y no querían que un tipo perdido, revoleando preocupado una taza con vestigios de un café desolado, se quede a dormir bajo una mesa.

Y me encontré ahí, parado en la vereda sin saber que hacer. Por momentos podía verme de lejos, como si no fuera yo y viera a un loco perdido, sin entender, senil en la juventud y sin encontrar su camino, deseoso de eso que tanto anhela pero no sabe cómo obtener.

En ese momento, mientras seguía peleando contra el olvido, por el frente observé una mujer. Era alta, pelirroja y con pasos inciertos, con vestimenta deslucida en intenciones de moda bohemia,  hermosa, una mirada perdida y una desesperación desvelada. Me quedé atento, algo en su rostro me resultó muy familiar. Observé cómo frenó su marcha, puso su mochila por delante, la abrió y arrojó todas sus pertenencias al suelo. De cuclillas comenzó a hurgar entre sus cosas buscando algo a los manotazos, algo que necesitaba con urgencia.
Decidí cruzar, me acerqué en silencio y ella sintió mi presencia, se levantó frente a mí, nos miramos a los ojos, frunció el ceño como analizándome y con cierta empatía me preguntó;
-¿Vos también lo perdiste, no?-
-Sí-  le respondí con asombro.
-Creo que te conozco-  me dijo con una mueca.
-Creo que yo también te conozco- le respondí.
Se acercó muy suave y de repente una tranquilidad exorbitante me invadió el cuerpo, nos miramos fijo, me acarició el rostro y sin aviso, me besó.
Después de unos segundos eternos, despegamos nuestros labios, sonreímos cómplices, nos agarramos de la mano y volvimos a casa, juntos.

@Cuento_Veloz

sábado, 4 de agosto de 2018

EL BESO DE VERÓNICA


Como me gustaba Verónica, yo tenía once años cuando estaba infantemente enamorado de esa pelirroja. Ella, dos años mayor, según mi perspectiva toda una experimentada.

Soñaba con que algún día me devuelva una mirada y bajo mis ilusiones me la pasaba imaginando a Verónica en alguna situación de riesgo, donde yo -el nene de once años- aparecería para salvarla de los malvados que quieran hacerle daño y así ganar su amor para besarla en un final de película. 

Que increíble pensar que todo era nuevo, que lo único que me preocupaba era vivir experiencias desde cero. La política no me interesaba, si San Lorenzo perdía no me amargaba, el dólar era cosa de grandes, un viaje en colectivo era una travesía por la selva y sólo quería jugar al futbol en la calle y buscar mi primer beso.

Todo es sorpresa en la infancia. Y como extraño sorprenderme. Extraño sorprenderme, pero con esa sorpresa que me hacía descubrir lo nuevo, no la sorpresa del puñal tras la confianza, no la sorpresa de la decepción, sino esa sorpresa infantil que genera sonrisas, que alimenta esperanzas, que motiva enseñanza, que detiene el tiempo y que hace un invierno corto y un verano de eterna libertad.

Una tarde estaba paveando en la casa de Lorena, mi vecina y mejor amiga de mi amor platónico, Verónica llegó de improvisto  y me pareció lo más bello que había visto en mi joven vida. Recuerdo bien su sweater de lana verde que hacía de su pelo rojizo una lluvia de fuego que quemó mis pantalones.  Hice reír a Vero repetidas veces, Lorena también reía pero eso no me importaba. Yo calculaba cada movimiento, buscaba que Vero no me viera como a un niñito, que me desee, pensaba en el momento indicado para dar un batacazo y poder robarle ese beso tan deseado.

Hasta que un sábado de Diciembre estaba con ellas en el patio del vecino, oscurecía cuando me levanté para volver a mi casa y la colo me saludó con mucha simpatía, me acarició la mano por debajo y me siguió mirando con una sonrisa cómplice mientras me marchaba. -Mañana es mi día – pensé. En la emoción creo que me fui sin saludar a Lorena, o por lo menos no lo registré.

Llegó el domingo a la tarde y fui a la casa vecina, entré y estaban ambas haciendo tarea del colegio, no me importó y me quedé con ellas. Al rato se aburrieron de estudiar, -¿Jugamos un tutti fruti?- preguntó Verónica. -¡Pero el que pierde tiene que cumplir una prenda!- dijo Lorena. Se me prendió el foco –Tengo que ganar y con una prenda pedirle  beso a Verónica- pensé.

Lamentablemente, en ese momento descubrí que soy pésimo para ese juego y me la pasé perdiendo en cada letra. Me pintaron las uñas, agarre caca de perro con las manos y hasta comí un huevo crudo. El juego solo me ponía en ridículo ante mi amor y perdí toda esperanza,       -Listo, juego esta letra y me voy.- les dije enojado.

Tocó “Y”, si, la puta “Y”. Igual jugué como nunca, pensé y pensé, busqué en mi mataburro cerebral toda palabra que podía llegar a tener un niño de 11 años en su cabeza pero obviamente perdí de nuevo.

–Bueno te toca otra prenda- dijo Lorena, -Cerrá los ojos- replicó Verónica con una sonrisa de hechicera y  mi esperanza volvió a nacer. –Dale, cerrá los ojos, que después de tantas prendas ahora tenés un premio. Bien cerrados eh ¡no hagas trampa!- sin lugar a dudas no pensé en desobedecer sus reglas y con mucha presión tape bien mis ojos con la mano derecha. Empecé a sudar de nervios y ansiedad, yo sabía cuál era el premio, estaba por dar mi primer beso.

Mi corazón galopaba con cien caballos de fuerza y la excitación me trepaba de los pies a la cintura. Con los ojos tapados temí que me tomen por tonto con una nueva prenda vergonzosa, pero a los dos segundos la incertidumbre terminó.

Sus labios se apoderaron de los míos y recibí mi premio. Su lengua se movía desaforada atrapando la mía y me abrazó con fuerza. Sentía nuestras babas inexpertas caer por nuestras comisuras, ella movía la cabeza de lado a lado y yo la seguía con movimientos a contramano. Como un tonto, seguía con mi mano sobre los ojos, comencé a quitarla suavemente en medio del beso, poco a poco entreabrí mis ojos para espiar a La Vero en medio del acto y asombrado descubrí que mi primer beso siempre va a ser el que le di en una prenda de la infancia a mi vecina Lorena.

Walterio…

martes, 31 de julio de 2018

SOMOS DE MANUAL


Nuestra relación es así, no está bien, no esta mal, pero es de manual.
Y si dicen que está mal, que quien lo diga venga con el librito en la mano para justificarse, le haré dar cuenta que tiene las indicaciones incorrectas, que cada pareja arma sus propias normas, su propio y único manual.

El nuestro es complejo, totalmente anárquico, frenético, enérgico, insaciable y también contradictorio; y para colmo está escrito en Taiwanés.

Los capítulos se chocan entre sí, piden cosas que al capítulo siguiente se desarman.
Aplica normas que otros artículos invitan a romper.
Habla de amar y de enamorar, habla de odiar y discutir.
Algunas indicaciones dan palabras de cariño y otras en la bronca permiten deslizar aberraciones.
Hay normas de alcohol y drogas, y se enreda en vida sana.
Algún artículo cuestiona la monogamia y otro obliga a no engañar jamás.
Habla de los celos y de la confianza.
Trata del apego y de dar espacios.
Obliga al llanto y apremia las risas.
Pide cordura pero prevalece enloquecer, desencajarse y ser incoherentes como el propio manual.
Y termina indicando la Garantía, en caso de desperfectos es extensible hasta la muerte.        
CUENTO VELOZ     

jueves, 26 de julio de 2018

UN APAGÓN EN EL BARRIO SANTA MARÍA


   Se había cortado la luz en el barrio, la luna brillaba por su ausencia y la noche deliraba una oscuridad intensa. Jorge no recordaba una jornada tan negra en su vida, llegaba tarde y su trabajo de nueve horas diarias lo había dejado exhausto.

  A dos cuadras de bajar del colectivo ya observó la penumbra que le esperaba en sus calles, el 24 ramal azul pedía permiso por la avenida Linch, donde los faroles de calle apenas parpadeaban pronosticando el apagón próximo.

   Descendió y se sumergió de memoria en el barrio donde todo era negro. Son 3 cuadras adentro, una a la derecha y media a la izquierda, lo tenía tan automatizado que lo podía hacer con los ojos cerrados. Pero con un apagón, el ambiente del barrio le resultó tenebroso, veía poco y nada, -Estoy en edad plena, no hay de que asustarse- pensaba, mientras que al mismo tiempo recordaba el terror que le tenía a la oscuridad cuando era pequeño.

   Tenía un velador de Batman que le hacía compañía noche tras noche hasta que un marzo dejo de funcionar, comenzó a dejar la puerta de la habitación abierta para que ingrese la luz del Iiving, y una noche esperando a que Jorgito durmiera su madre comenzó a cerrar la puerta enseñándole a dormir sin miedos.

   Hoy es distinto, Jorge creció y  sólo 4 cuadras y media lo separan de su casa. Va por la primera iniciando su caminata de costumbre, de repente en un costado de la vereda observa una sombra que se destaca en las penumbras, una persona -aparentemente hombre- apoyado contra el portón de una fachada. Jorge se asusta y para enfrentarlo saluda -Hola- nadie responde, -¡Buenas noches!- insiste y nada, ve que el señor se mueve, escucha sonido de gargajo y un escupitajo le impacta en medio del rostro. Se limpia desesperado con el antebrazo, sigue caminando con nulidad de respuesta y asombrado por el disparo de saliva sufrido, no entiende y no puede reaccionar. Se refriega nuevamente con un pañuelo para insultar al señor, pero asustado se calla y decide seguir.

   A mitad de la otra cuadra el silencio parece eterno y más eterno el camino a casa, los vecinos no existían en las calles, todos ellos refugiados tras la falta de energía eléctrica y el frío de agosto. Jorge podía escuchar su propia respiración y se llamaba a silencio sólo para no interrumpir la calma, hasta que de un soponcio un ladrido lo paraliza. El perro sale de la nada y se le para en frente, tiene la sombra petisa de cuatro patas delante de sus pies. Jorge ilumina la noche con la palidez del susto y su cuerpo no responde. -Es sólo un perro de la calle- se murmura para relajar, -perro que ladra no muerde-. De a poco se recupera con movimientos lentos, da un paso atrás, unos cuantos al costado y vuelve a caminar por medio de la calle de tierra, el perro gruñe, siente como la mirada del animal le cae pesadamente sobre la espalda y un aire salvaje cementa el ambiente, el depredador decide dar una vida más a su presa, así Jorge escapa ciego en una noche sin Luna ni estrellas.

   Pasa la siguiente esquina, una vez que recupera seguridad acelera el paso para no vivenciar otra sorpresa. Deviene nervioso a paso ligero, le parece increíble la invisibilidad de la noche, apenas hay unos pocos reflejos que lo ayudan a ubicarse para saber que va por el camino correcto. Voltea preocupado por el perro, pero la ceguera no deja ver nada hacia atrás.

  Al descuidar el camino choca contra alguien, tropieza, intenta agarrarse de la nada, del aire, no quiere caer, pero fracasa cayendo de lleno sobre un charco de agua con tierra y sus palmas intentan amortiguar el golpe. Las manos sienten el impacto y sus rodillas le graban un recordatorio que mañana será la alarma del dolor, se ensucia con un barro que le cubre la cara. Levanta rápido la mirada, una sombra enojada con voz de mujer entrada en años le grita -!Tené cuidado pendejo! ¿Podes mirar adelante cuando caminas, o estas ciego?- Jorge no comprende, sólo atina a pedir disculpas y la señora se va sin responder. Desde el suelo observa como la vieja se aleja lento y a los dos pasos ya la pierde de vista.

   Se reintegra a la caminata con bronca, preocupado, rengueando, sucio y con miedo, mucho miedo. No entiende como un corte de luz puede ocasionarle tanto drama, como la visión es tan acotada, como la vieja podía verlo tan claramente y el no podía referenciar nada de su rostro.

   Da vuelta la esquina, sólo falta una cuadra y media para llegar. Logra cruzar esos cien metros -casi corriendo- sin sobresaltos, sólo le queda media cuadra. Gira en la última ochava, enfila decidido por la necedad de ingresar a su hogar para sentirse a salvo, da tres pasos y frena de golpe, queda en shok. El terror le provoca un sudor helado cuando recuerda que esta misma situación ya la había vivido, que ya estuvo por estás calles a oscuras, que varias veces ya se vio asustado, que el apuro ya le había descuidado el camino y que el terror ya lo había derrumbado. Cayó en la cuenta que su casa nunca fue suya, que esas calles eran prestadas y debía devolverlas, y que al llegar, el final era otra vida. 

   Recordó, que el fue el señor de la primer cuadra, que al verse caminar no le gustó lo que vio y que de la bronca se escupió. Recordó que fue perro, y que se vio tan dormido que necesito ladrar muy fuerte para despertarse a sí mismo. Se acordó cuando fue una señora y se vio descuidando tanto el camino que necesitó darse un topetazo, caer al barro, poder levantarse y prestar atención adelante.
   Y sobre todo, recordó que la luz no faltaba, sino que era él quien no podía ver.

Walterio... 
Cuento Veloz

jueves, 19 de julio de 2018

EL VERBO MORIR



         Estoy muerto, bien muerto. Primero no lo quería aceptar, pero después de unos días lo termine asimilando. Y ahora me doy cuenta de lo que estoy viviendo, bah! O muriendo, todavía no aprendí a conjugar verbos en la muerte.  Es todo muy confuso. Antes podía exclamar “Que viva la vida”, ahora no se si decir: “que muera la muerte”.

         No sé porque me sorprendí tanto de morir, si lo estaba buscando. Pucho, alcohol y sedentarismo iban a terminar por matarme, es lógico. Quizás la sorpresa ante mi muerte fue un formalismo hipócrita que necesitaba tener para sentir que valoraba la vida.  Ahora mi sorpresa real se da por tener conciencia de mi situación. Antes sabía que 'vivir' era un verbo constante y siempre pensé que 'morir' era el último verbo que podía conjugar en una persona, lejos de ser constante, era el verbo final. Pero ahora morir se convirtió en mi vivencia -¿Cuál es el antónimo de vivencia?-.

         No llegue a conocer a ningún San Pedro, no vi la luz, no fui al cielo, ni al infierno. Todavía no sé si me espera algo de eso. Me siento un vagabundo, camino sin que nadie me vea. Pero con diferencias sustanciales, no me miran ni de reojo, ni con lástima, ni con asco; directamente no me pueden ver. El primer día hablaba y gritaba, nadie me respondía; no sólo no me ven, tampoco me escuchan.

         Ahora empecé a reconocer otros como yo, ahí viviendo su muerte, pero no quise hablarle a ninguno, en parte me niego a pensar que estoy muerto. Algunos me miran mal, otros indiferente, algunos con intención de relacionarse. Pero yo sigo caminando sin entablar relación alguna. En la muerte no te importa quedar bien o ser cordial. 

         Que mal humor tenía el día de mi infarto, no recuerdo la razón, pero tenía una contractura que no se iba con nada. Que broncas que me agarraba por cualquier tontera.

         Al morir aparecí en una calle que desconozco, vengo caminando hace días para ver si llego a orientarme y poder ir a mi casa, saber que todos están bien. Y me preocupa, porque ya me estoy empezando a olvidar de algunas personas. De otras tengo bien claro el papel que ocupaban en mi vida, pero no recuerdo sus rostros. Parece que la muerte te brinda el beneficio de no extrañar o el vacío del olvido, quizás sea el entrenamiento para ser alguien nuevo o quizás sea remedio para no malvivir la muerte, no se.

         Quisiera llegar a casa rápido, aunque ya no viva más ahí -o 'muera' ahí-, necesito ver a mi familia antes de olvidarlos de por vida, o 'de por muerte'. Mi mujer triste  supongo, cocinando a los chicos, también tristes y el bebé sin entender mucho, recién tiene 3 meses. ¡Para! ¿Y si ya me olvidaron?, perdí la noción del tiempo. No sé si pasaron días o años. Por ahí ya sanaron su perdida, tampoco era el mejor padre del mundo como para que me lloren prolongadamente. ¿Y si ya hay otro?, ¿Otro viviendo en mi casa?, ¿Durmiendo en mi cama?

         No importa, pensar tanto me está haciendo olvidar de Tobías, mi hijo del medio. Ya está, voy a ir igual, necesito grabar sus rostros en mi retina de espíritu para poder llevarlos a mi tumba y sentir alivio, ¡oh no!, y ¿si me cremaron? Bueno no sé si tengo un nicho o soy ceniza, lo importante es no olvidarme de ellos. Todavía los recuerdo, pero ya olvidé tíos, primos y amigos, ¡uff! hace cuanto no me juntaba con los pibes. De mis viejos tengo una leve imagen de jóvenes, hace tanto no los visitaba.        

         Que mierda che, nunca me tiré en paracaídas. Y tantas horas metido en el laburo la puta madre, la cara de mi jefe la recuerdo        como un tatuaje en mi memoria de muerto.        

         ¿Por qué ahora vivir me suena incómodo? Morir es una acción que se ejecuta una sola vez y ya use mi verbo, pero no lo finalicé. Me pregunto si llegaré a la reencarnación, ¿reencarnare en animal, persona, en planta? si es planta, ¿qué flor quisiera ser? ¿Esto es vivir muriendo? creo que me tendría que haber preocupado más en morir viviendo.

         ¡Uy, me perdí! ¿Dónde estoy?, ¿Para qué estaba caminando? No sé adónde iba. Bueno ya me voy a acordar, no debe tener importancia, si total, ya estoy muerto.
        
Walterio…